La empatía es una cualidad humana de la que muchos hablan, pero pocos conocen en su dimensión real. Como sabemos que debería relucir especialmente en momentos complicados hemos aprovechado el escenario que ha dibujado la crisis del Coronavirus para desgranar sus claves y sus fundamentos.

Tómate unos minutos y adéntrate en los sesgos cognitivos que marcan un concepto capital en las personas y que, inevitablemente, las diferencian y las hacen más valiosas unas de otras.

Porque nos guste o no, aquellos y aquellas que saben hacerse las preguntas adecuadas son las más empáticas y, con ello, se convierten en las personas que suelen estar más (y mejor) rodeadas. ¿No quieres saber cuánta empatía tienes?

La empatía no es solo la capacidad de ponerse en el lugar de la otra persona, implica también comprender cómo suceden las emociones en el otro. Por ello la empatía conlleva inteligencia emocional, porque se reconoce la emoción y se actúa entendiendo lo que la otra persona necesita.

Por tanto, es un facilitador de las relaciones interpersonales. Y durante estos duros meses de parón por el Coronavirus ha sido una característica presente en la mayoría de nosotros. Y nos ha permitido:

  • No quedarnos anclados en la frustración y la rabia por las situaciones tan difíciles e injustas que han sucedido a nuestro alrededor.
  • Pensar en el beneficio común, entendiendo que lo mejor que podíamos hacer era quedarnos en casa.

Además, esa actitud empática no ha quedado ahí, ya que hemos mostrando el mismo respeto por nosotros mismos y por los demás al cumplir las medidas sanitarias adecuadas para no contagiar ni ser contagiado.

Una empatía que, como sociedad, también ha brillado en distintos aspectos como:

  • Detectar las necesidades de personas vulnerables y ayudarlas, tanto a título personal como en organizaciones más grandes, realizando la compra y recados para quienes no podían salir.
  • Aportando valor a la comunidad de vecinos con música compartida o actividades entre balcones.
  • Compartiendo conocimientos y habilidades a través de las redes sociales.

Esta capacidad que hemos sacado a relucir en estas duras circunstancias es un aprendizaje que nos llevamos y que permanecerá aun cuando la pandemia haya desaparecido.

A veces, es tener el valor de preguntar a alguien que ha estado enfermo o que ha perdido a un familiar “¿cómo estás?”; o llamar de forma periódica a todos aquellos amigos y conocidos que han pasado este tiempo solos para que se sientan más acompañados.

 

LA DESESCALADA, OTRO EXAMEN

Ahora que, dependiendo de las provincias, tenemos más libertades, algunos/as deciden ir más allá, y parece que se olvidan de las normas de salud, o de cumplir los horarios establecidos.

Pero… ¿Por qué crees que ocurre esto? ¿Son simplemente egoístas o creen que tienen más derechos que los demás?

La respuesta es que en la naturaleza del ser humano se encuentra el sesgo optimista por el cual existe una tendencia generalizada a creer que “eso” no nos va a ocurrir a nosotros. Y casi todos sufrimos este sesgo.

¿Sabías que el 90% de los conductores se considera mejor que el promedio para poder reaccionar a imprevistos? Entonces, ¿por qué suceden los accidentes?

Porque no es un sesgo realista, nos genera la ilusión de control sobre aquello que depende de nosotros. Esto genera tranquilidad, pero no es cierto.

Probablemente, cuando una persona decide subir a un avión aun sabiendo que su familia está contagiada por Covid-19, piensa que él no está enfermo. Y en caso que lo estuviera, creerá que es capaz de manejarlo con la mascarilla para no contagiar a nadie.

Por desgracia, este sesgo nos acerca a acciones imprudentes que pueden poner en riesgo tanto a uno mismo como a los que le rodean. Por ello, ahora más que nunca, se hace necesario poner en duda nuestro propio juicio y atender a las recomendaciones sanitarias, aunque pensemos que nada va a ocurrir.

La lección: Es mayor la pérdida que la posible ganancia por llevar a cabo un comportamiento arriesgado, aunque creamos que no vaya a tener consecuencias.

Algo similar ocurre cuando percibimos una conducta errónea en otra persona, ya que tendemos a valorarlo como una característica estable de su forma de ser: “Es un irresponsable” o “es una mala persona”. Y eso lo hacemos sin tener en cuenta su contexto.

Las consecuencias, emociones como la ira o la frustración y puede que hasta discursos negativos (internos y externos) donde el único que acaba perdiendo eres tú mismo.

En cambio, si somos nosotros quienes hemos actuado erróneamente, encontramos una justificación en la situación por la que ese comportamiento es comprensible: “hoy no llevo mascarilla porque se me ha olvidado” o “con mis amigos no va a pasar nada porque todos somos jóvenes”.

Esta doble moralidad es lo que en psicología se conoce como el error fundamental de atribución, otro sesgo cognitivo que explica por qué no entendemos igual un mismo comportamiento en el otro que en nosotros mismos.

La lección: Debemos estar alerta, tanto para no juzgar al otro tan rápidamente como para no caer nosotros mismos en esa forma de actuar que reprobamos.

 

¿CÓMO PODEMOS LIBRARNOS DE ESOS SESGOS?

Para salir de los atajos que realiza nuestra propia mente, es necesario un ejercicio de reflexión para darnos cuenta de cuándo caemos en ellos. Pero no solo el darnos cuenta será suficiente, para seguir actuando en base a esos valores de empatía y responsabilidad social, será necesario hacer el esfuerzo de pensar como si fuésemos el otro.

Te planteamos algunas reflexiones para valorar antes de actuar (según el colectivo):

  • ¿Cómo puede sentirse una persona que ha estado enferma por Covid-19, tras pasar algunas semanas en el hospital? ¿Puede tener miedo a salir? ¿Querrá que te acerques a darle un abrazo?
  • Y alguien que ha perdido a un familiar estos meses, ¿qué pensará de esos comportamientos irresponsables? Si te hubiese ocurrido a ti, ¿qué pensarías de las medidas de seguridad? ¿Cómo te gustaría que los demás se te acercasen?
  • ¿Conoces a alguno de los tantos héroes en esta batalla? Empecemos por los sanitarios… ¿Cómo crees que actúan fuera de su turno? ¿Les ha afectado lo que están viviendo estos meses? ¿Qué te dirían respecto al futuro?
  • ¿Y el personal del supermercado o los mensajeros/as? ¿Cómo han vivido el mantener su posición en atención directa con clientes? ¿Qué pueden necesitar durante estos días de desescalada? ¿Cuáles pueden ser sus miedos?
  • Nuestros mayores, que por desgracia han sido los más afectados, ¿cómo crees que saldrán a la calle? ¿Cómo reaccionarán si se les plantea la idea de irse a una residencia? ¿Aceptarán recibir ayuda de alguna persona externa a su familia?
  • Una persona que no ha vivido ningún contagio cercano, que solo le ha tocado de lejos, pero que es sensible a lo que escucha y lee, ¿cómo se sentirá? ¿Crees que tendrá miedo? ¿Piensas que lo vivirá con mayor facilidad?

«Podemos estar ciegos para lo evidente y ciegos, además, para nuestra ceguera.»

-Daniel Kahneman-

Todas estas cuestiones que te proponemos tienen algo en común: Solamente podemos responderlas si somos empáticos.

Todos hemos vivido la misma situación, el parón (y la crisis) del Coronavirus, pero algunos en mayor intensidad o experiencias más traumáticas que otros, y eso les ha hecho (y puede hacerles) sentirse vulnerables, lo que puede reflejarse en un gran miedo o preocupación ahora que empezamos a relajarnos y a retomar cierta normalidad.

Nuestro comportamiento hacia ellos debe ser de empatía y comprensión: si no quieren abrazarnos, si prefieren no salir, si no quieren quitarse la mascarilla… Sea lo que sea es importante respetarles, comprenderles y darles tiempo para que se adapten y se recuperen.

 

 

 

CONCLUSIÓN

La empatía, aunque a simple vista parezca algo sencillo de practicar, es una herramienta imprescindible para las relaciones interpersonales: nos ayuda a comprender a los demás y a modificar nuestra forma de comunicarnos con ellos.

La situación actual por la que estamos pasando todos nos ha hecho ser empáticos no solo con las personas cercanas a nosotros, sino con la población en general. Pero, aunque las medidas estén comenzando a ser menos restrictivas, no debemos olvidarnos de aquellos que han pasado por momentos muy difíciles ya que puede que sigan sintiendo miedo y preocupación hoy y durante muchos días y meses.

 

 

 

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